Las buenas noticias las encuentro amontonadas en las secciones culturales de los periódicos, muchas veces reducidas a breves notas, apenas comentarios, pincelazos de una realidad fértil y diversa en su expresión.

Pero afuera en restaurantes, bares, calles, teatros, centros de estudio, en todos los rincones de Guatemala hay poetas, pintores, cineastas, músicos, artistas que aportan desde sus distintas disciplinas un rico caudal de conocimiento, debate, crítica y propuesta que rebasa los límites de “lo bello y lo estético” para insertarse también en el pensamiento político y en lo cotidiano.

En un país donde el presupuesto se va en lo “urgente” queda poco para lo importante, pero estoy convencida de que si nuestros gobernantes no robaran tanto, habría dinero de sobra para apoyar la creación artística como se lo merece. Pienso en Joaquín Orellana, en su año y en el enorme esfuerzo que hacen sus amigos por agasajarlo en vida, convencidos de la suerte que tienen de conocer a un genio tan lúcido y activo.

No es suficiente que particulares asuman un papel que debería cumplir el Estado. Ningún gobierno, entidad o empresa ha tenido la lucidez de apoyar seria y continuamente sus proyectos.

El legado del compositor rebasa los límites de las fronteras, es universal. Joaquín tiene una plaza que lleva su nombre como Tasso tiene una banca.

Pero el mejor compositor de Guatemala no tiene un piano donde hacer música, nunca ha tenido un piano propio, como dice Orellana: “así de paradojal y surrealista es este país”.

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