Por Sergio Álvarez

Guatemala tiene una historia muy rica y valiosa; vestigios de los Mayas que aún se huelen en el ambiente y se sienten en el paladar.

Las fiestas de fin de año son propicias para enaltecer la cultura nacional, las tradiciones y costumbres propias, los platillos típicos, las reuniones familiares. Todo un acervo transmitido de generación en generación, que poco a poco se queda, se olvida, se transforma y da paso a cosas nuevas, valederas unas, negativas otras.

Está muy claro que no podemos oponernos al desarrollo, a los avances de la tecnología, a los cambios necesarios, toda vez que éstos sean positivos; pero también nos enfrentamos al fenómeno de la transculturización, costumbres y tradiciones ajenas a las nuestras, que muchas veces inciden negativamente en el país.

La situación económica de la población también contribuye  a la pérdida de costumbres; las familias cada vez tienen menos dinero para la preparación de los clásicos tamales navideños, al punto que una de sus variantes, el tamal negro, al que además de los tradicionales ingredientes se le agrega chocolate, se consume muy poco en los hogares.

Hay tradiciones negativas, aquellas que una gran parte de la población está consciente que deben dejarse o modificarse, como la llamada “quema del diablo”, el 7 de diciembre, que únicamente aporta al deterioro del ambiente, al calentamiento global, por las toneladas de basura que se queman, entre ellas muchos objetos de plástico, caucho y elementos químicos.

Las quemas de cohetillos  en Navidad y Año Nuevo también deben superarse o disminuir; debemos entender que estamos quemando dinero, el mismo que nos hará falta en enero, para continuar la vida e iniciar con energía un nuevo año.

Guatemala tiene una historia muy rica y valiosa; vestigios de los Mayas que aún se huelen en el ambiente y se sienten en el paladar.

Valores nuestros, tesoros intangibles, transmitidos  de unos a otros que debemos proteger y cultivar.223996_360019597408574_136247805_n

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