maga06_122“La investigación es imprescindible para lograr un buen teatro”

Conversamos con la cofundadora de la compañía Rayuela Teatro Independiente y del proyecto Lagartija, quien además coordina el Laboratorio Teatral de Artes Landívar y el grupo de teatro comunitario Ralk’ Wal Hunahpú, en Santa María de Jesús, Sacatepéquez.

“Quiero que mi mística venga de mi contacto con la realidad, de mi vínculo real y no turístico, que no sea una oración sino un hecho”, afirma la dramaturga Patricia Orantes Córdova, quien este año cierra el primer ciclo de tres años a cargo del Laboratorio Teatral de Artes Landívar, de la Universidad Rafael Landívar (URL). “Creo que el Centro de Investigación de la Danza sentó un precedente y abrió las puertas a otras áreas artísticas. La URL apostó por el arte y decidió apoyar la música, el teatro y la conservación del patrimonio”, refiere.

Según Patricia, que se inició en la Academia de Arte Dramático de la UP en 1980, el Laboratorio de Artes Landívar fue un renacimiento espiritual. “En un momento difícil de mi vida, en mi duelo, me retiré por un año y luego me llamaron para coordinar el área de teatro en Artes Landívar”, recuerda.

Nace un colectivo “Tenía años de trabajar en algunas comunidades y para mí era indispensable que el grupo fuera diverso y no solo estuviera conformado por teatreros ‘profesionales, exitosos y citadinos’. Yo estaba llena de cuestionamientos después de los talleres impartidos en el CCE por Angélica Liddell, Charo Francés y Pepe Enríquez, por el trabajo junto a Marco Canale y por el respeto que me despiertan grupos como Sotz’il, de Sololá, y Armadillo, de Quetzaltenango. Y así, pensando en la diversidad, el compromiso y sensibilidad de la gente, el grupo fue conformado por Mariam Arenas, Noé Roquel, Esvin López y Tato Galdámez”, detalla.

“Quiero crear un teatro guatemalteco vinculado a su realidad, trabajar desde lo personal, investigar, negarnos al desperdicio y a las formas banales y opulentas de producir, alejadas de nuestra realidad, y tomar caminos de la creación contemporánea, crear colectivamente”, enfatiza.

En tres años, el laboratorio sobrepasó sus metas y presentó las obras: Historias sin importancia, Doce calle esquina, Bajo las hojas secas, el cemento y la broza, La cueva de las bondades, Esperando a la Alegría, Dos vistas desde el puente y La música desde la ventana, que en noviembre cerró el ciclo con una serie de presentaciones en La Bodeguita del Centro, con Roberto Díaz, Vladimir Villatoro, Shelsa Thurman y Grecia Papadópolo como invitados.

“La más vista y con un impacto fuerte es Una historia sin importancia, el monólogo de Mariam Arenas sobre Mindy Rodas (una joven que sufrió mutilaciones faciales a manos de su pareja), seguida de La cueva de las bondades, que fue presentada en muchas escuelas y comunidades. Quizás la más entrañable sea Doce calle esquina, por muchas razones. Todas nos han dado la satisfacción de saber que el teatro es tan vivo que hay que replantearlo, cuidarlo y trabajar siempre en las obras. Hemos tocado la memoria histórica a partir de nosotros”, expresa.

“Tenemos un entrenamiento actoral nada ortodoxo que toma prestadas formas de todos lados. Hemos dedicado un tiempo a la formación del colectivo en áreas como luz, dramaturgia y manipulación de objetos. Al crear una obra, lo primero es plantearnos el tema, investigar, improvisar con los personajes y también trabajar con la luz, los sonidos y el cuerpo. Dedicamos muchas horas al debate y la reflexión”, agrega.

Teatro comunitario Patricia lleva tres años trabajando con el grupo de teatro comunitario Ralk´wal´Hunahpú. “Ya hemos hecho cuatro obras. Con ellos y con otros teatreros de Sacatepéquez me reencontré con una parte perdida de la existencia. Me han enseñado mucho sobre la vida y sobre este país. Es un grupo verdaderamente independiente y no trabajamos por el dinero. La vida es otra allá arriba del gran Hunahpú. Son algunos de los mejores actores con los que he trabajado, están acostumbrados a la dificultad extrema. Algunos de ellos trabajaron en la película Polvo, de Julio Hernández Cordón. Es un grupo joven al que hay que mirar. Yo los amo”, asegura.

“El teatro cambia pequeñas cosas, es una herramienta concreta para exponer heridas, sanar, abrir pensamientos y reflexiones y debatir. En Guatemala hay muchas historias no dichas, mucho silencio, cosas por decir y contar. Agradezco a todos los compañeros con los que caminamos estos tres años en el laboratorio”, concluye.

Fuente: Siglo.21

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